El viernes pasado, el Club Irapuato consiguió un triunfo valiosísimo que lo mantiene con vida en la pelea por la liguilla.
Sin embargo, este equipo ya jugaba bien al fútbol. Tácticamente, es de los que más propone en ofensiva. En posesión de balón, su promedio ronda entre el 60 y 65%. Los números no mienten: respaldan la idea.
Irapuato es un equipo que quiere atacar, que quiere tener la pelota. Pero los resultados no llegaban en al menos cuatro jornadas clave: Tepatitlán, Correcaminos, Cancún y Morelia. Partidos bien planteados que se escaparon por errores.
Es un equipo ofensivo que genera. Ataca con sus volantes interiores y exteriores (carrileros), con sus laterales y desde la salida con uno de sus centrales.
Un juego agresivo… pero sin recompensa.
Con el triunfo, la fe del grupo resurgió. Jugadores y cuerpo técnico encontraron, al fin, un resultado que valida el camino. Una recompensa por sostener sus convicciones en medio de la presión.
Resucitó la arenga en la grada.
Resucitó la conexión entre afición y jugadores.
Y resucitó la fe de los incrédulos.
No fue un milagro aislado. La Trinca ya jugaba bien.
Si hubo una señal en este viernes santo, no fue para explicar el resultado, sino para confirmar la idea: este equipo debía seguir jugando así.
Porque en el fútbol —como en la vida— las convicciones no se negocian. Se sostienen… o se muere con ellas. Y a veces, también se resucita a través de ellas.
El tiempo empieza a darle la razón al Irapuato de Alcántar.
Los cómos importan.
Irapuato exhibió a La Paz y eso se reflejó en el marcador. Pero también había exhibido antes a Cancún, Correcaminos y Morelia, aunque sin premio. La posesión, la intención y la búsqueda estaban… faltaba el resultado.
Hasta este viernes.
Defensivamente, es un equipo fuerte, sólido, inteligente y con altura. Aunque las derrotas anteriores hayan querido contar otra historia, la estructura siempre estuvo.
Hoy Irapuato es un equipo que ya atravesó la presión: la mediática, la de la afición y la del propio resultado.
Ahora viene lo más difícil: sostenerlo con victorias.
Porque en el fútbol, jugar bien es el camino… pero ganar es la obligación.